17 julio, 2024

«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos» (Jn 15, 1-8).

Hoy nos encontramos ante una verdad profunda y transformadora: la llamada de nuestro Señor a permanecer en Su amor. Jesús nos compara con sarmientos unidos a la vid, y nos recuerda que sin Él, sin esa conexión vital, no podemos dar fruto.

Imaginemos por un momento un sarmiento que decide separarse de la vid. ¿Qué le espera a ese sarmiento? Pronto se marchitará y se secará, porque está privado de la fuente de vida. Nosotros somos esos sarmientos, y Cristo es nuestra vid.

Permanecer en el amor de Dios no es solo una sugerencia, es una necesidad para nuestras almas. Es estar arraigados en la verdad eterna, en el amor que nos creó y nos redimió. Es vivir cada día con la conciencia de que somos amados más allá de nuestra comprensión, más allá de nuestros errores y fracasos.

La permanencia en el amor de Dios implica vivir en obediencia a Su Palabra, en practicar el perdón y la misericordia, en amar a nuestro prójimo como Él nos ama a nosotros. Nos llama a ser testigos vivos de Su amor, a irradiar esa luz divina en un mundo a menudo oscuro y confuso.

En nuestra evangelización, no solo hablamos de palabras, sino de una vida vivida en Cristo. Es el amor que mostramos a los demás, la paz que transmitimos en medio del caos, la esperanza que compartimos en tiempos de desesperación. Nuestra permanencia en el amor de Dios nos capacita para ser sus verdaderos discípulos.

Hoy, que cada uno de nosotros se comprometa a permanecer en el amor de Dios. Que nuestras acciones, nuestras palabras y nuestros pensamientos sean un reflejo del amor divino que habita en nosotros. Que podamos ser como esos sarmientos fructíferos, dando frutos abundantes para la gloria de Dios.

Permanezcamos en Cristo, y veremos cómo nuestras vidas florecen en amor, paz y alegría. En ese amor, seremos verdaderamente sus discípulos, llevando la buena nueva a todos los rincones del mundo.

El texto evangélico reitera por siete veces el verbo «permanecer», lo que reclama la atención del lector y le hace preguntarse por qué tanta insistencia. De ello depende tener o no vida teologal, relación con Jesús, pertenencia a su Persona, certeza de actuar en su nombre, estabilidad creyente y cimentación segura de la propia existencia. Si el Evangelio exige una opción tan radical de permanecer en el Señor, no es una exigencia injusta, pues quien ha prometido por su cuenta permanecer fiel es el mismo Dios: «Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo».

La Palabra de Dios es fiel, cumple su encargo, no vuelve vacía: «La palabra del Señor permanece para siempre». Jesús compara edificar la propia existencia permaneciendo fieles a la Palabra con quien edifica su casa sobre roca, cimiento inconmovible, a pesar de todas las tormentas. Mientras que aquellos que construyen sobre sí mismos se arriesgan a que todo se desmorone, se hunda y se deprima.

El apóstol san Juan nos ayuda a un discernimiento interior sobre si se permanece o no en Jesús: «Quien dice que permanece en Él debe caminar como Él caminó». «Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza».

Si se quiere tener el sello de garantía, de autenticidad y el más objetivo, el apóstol san Pablo recomienda: Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Los que dan fe a la Palabra tienen el consuelo de saber que a pesar de la propia fragilidad, gracias a la fidelidad divina, siempre es posible comenzar de nuevo y no derrumbarse por una pérdida de autoestima, fundada únicamente en el éxito en los combates. Jesús nos promete acompañarnos e incluso hacerlo enviándonos un Defensor.

Que el amor de Dios nos guíe y nos sostenga hoy y siempre. Amén.


Fuente: Catholic Net