Vie. Dic 9th, 2022

Por la tarde, ante la alarma de posibles ataques, los misioneros decidieron enviar a los niños a sus casas, pero un pequeño grupo de niñas no pudo marcharse porque vivían muy lejos. Para no dejarlas solas, una misionera italiana decidió dormir con ellas, y Ángeles López y María de Coppi se quedaron en la casa, comentando los acontecimientos. “María, que era siempre muy optimista, me dijo aquella noche: ‘Oye, Ángeles, yo presiento que alguna cosa va a pasar’. A lo que yo respondí: ‘Ay, María, no digas eso; es la segunda guerra que pasamos, no es la primera. Verás que todo va a ir bien”.

Estuvieron juntas hasta dos minutos antes del ataque, cuando se despidieron para entrar en sus habitaciones. “Yo sentí un disparo grandísimo. Entonces salté de la cama para avisar a María de que habían llegado. Cuando yo abrí mi puerta, ellos continuaron disparando. Dieron como cinco tiros. Yo me agarré a la pared lo que pude, y cogí la manilla para decirle ‘María, María, están aquí’. Más cuando fui a ver, María estaba en el suelo”. La hermana Ángeles entonces intentó huir por detrás, pero se encontró con hombres armados, que la cogieron, y empezaron a prender fuego en las habitaciones. La misionera suplicó que sacaran a la hermana de ahí, para que no se quemará su cuerpo. “Cogieron el cuerpo, lo arrastraron por los brazos a la calle, lo tiraron fuera a la tierra”. Y quedó con los brazos en cruz.

La hermana Ángeles pensó ir corriendo a avisar a su compañera italiana que estaba con las niñas en la residencia, pero no pudo en ese momento. “Fue providencial porque si me hubieran dejado, hubieran descubierto a las chicas”. Estuvo retenida en la puerta de la Iglesia durante cerca de una hora, que a ella le pareció una eternidad, mientras quemaban el templo. “En ese tiempo yo solo creía que me iban a matar”. En ese momento deseó que fuera de un tiro y no con catana; como enfermera tuvo en la guerra de la independencia que suturar muchas veces sin anestesia a personas que habían sido heridas de este modo.

En un momento dado, los atacantes le dijeron: “Estás libre, mañana sales de aquí, no queremos tu religión, queremos el Islam”, y la misionera salió “corriendo como una gacela a buscar a mi hermana, que estaba encerrada con las niñas”, y todas huyeron al bosque.

“Merece la pena”

“Hoy que estoy más tranquila, siento que merece la pena. Y si estoy bien, en enero regreso. Tengo billete de ida y vuelta”. ¿Volverá a Chipene? No se sabe, porque la incertidumbre es grande. “Parece que será imposible recuperarse, es muy difícil. Es la misión que estaba más cerca del límite de Cabo Delgado”. Allí, desde hace 5 años, hay una guerra cruel, que está avanzando hacia Nampula.

Después de esta experiencia tan traumática, en la que además de perder a su hermana, ha perdido todo, esta misionera asegura que ha perdonado a los terroristas. “No tengo que perdonarlos, porque yo nunca los condené; ellos son mandados, son pobrecita gente, drogados, de este lugar, que los mandan a hacer eso, pero que no son culpables por nada. Si no hacen eso, los matan a ellos”, explica. Asegura que no tiene miedo, y que la fe ha jugado un papel importantísimo. “En aquel momento tuve una ayuda fuerte del Señor, estaba bastante serena. Esto ha fortalecido mi fe 100%, si Dios no me hubiera ayudado no hubiera podido soportar cosas de este tipo”.



Fuente: Infocatolica

Redacción: Natalia Monroy