Vie. Feb 23rd, 2024

En el camino de la fe, nos encontramos frecuentemente con encrucijadas que nos invitan a profundizar en nuestra relación con Dios. La evangelización, que es el corazón de la misión de la Iglesia, nos ofrece continuamente oportunidades para renovar nuestro compromiso cristiano. A continuación, reflexionaremos sobre tres momentos cruciales en los que podemos dar nuestro ¡SÍ! a la conversión.

  1. El Encuentro Personal con Cristo: El primer paso hacia la conversión genuina siempre comienza con un encuentro personal con Jesucristo. Este encuentro puede suceder en cualquier momento de nuestra vida, a menudo cuando menos lo esperamos. Puede ser a través de la lectura de la Palabra, una experiencia en la liturgia, un momento de oración íntima, o incluso en medio de una crisis. La clave es mantener el corazón abierto a este encuentro. Cuando nos encontramos cara a cara con el amor y la misericordia de Cristo, no podemos permanecer indiferentes. Este es el momento de decir nuestro primer y más crucial ¡SÍ! a Dios.
  2. La Comunidad de Fe: La fe, aunque personal, nunca es privada. Es en la comunidad donde nuestra fe se nutre y se fortalece. Participar activamente en la vida de la Iglesia es una oportunidad maravillosa para la conversión continua. Ya sea en la Misa dominical, en grupos de oración, o en actividades parroquiales, cada interacción con la comunidad de creyentes es una invitación a crecer en amor y servicio. En este contexto, decimos nuestro ¡SÍ! no solo a Dios, sino también a nuestros hermanos y hermanas en Cristo, comprometiéndonos a ser parte activa del Cuerpo de Cristo.
  3. El Servicio y el Testimonio: La verdadera conversión se manifiesta en la forma en que vivimos y compartimos nuestra fe. San Francisco de Asís decía: «Predica el Evangelio en todo momento. Si es necesario, usa palabras». Nuestro tercer ¡SÍ! se da a través del servicio desinteresado y el testimonio valiente. Cuando alimentamos al hambriento, consolamos al afligido o defendemos la justicia, estamos diciendo ¡SÍ! a seguir a Cristo en la evangelización activa. Este testimonio no solo transforma las vidas de aquellos a quienes servimos, sino que también profundiza nuestra propia conversión.

En conclusión, la evangelización no es un evento único, sino un proceso continuo de encuentro, comunidad y testimonio. Cada día se nos presentan oportunidades para decir nuestro ¡SÍ! a la conversión. Al aceptar estas oportunidades, nos abrimos más plenamente a la gracia transformadora de Dios y nos convertimos en instrumentos eficaces de su amor y su verdad en el mundo.