Sáb. Abr 20th, 2024

La enfermedad, ese inesperado visitante en nuestras vidas, a menudo nos lleva a preguntarnos sobre el propósito y el porqué detrás de nuestro sufrimiento. Como fieles, nos encontramos reflexionando: si estuviéramos sanos, podríamos servir mejor a Dios. Sin embargo, la experiencia del dolor y la enfermedad nos conecta profundamente con la humanidad de Cristo y su sufrimiento.

Jesucristo, en su paso terrenal, no sólo experimentó el dolor extremo de la Cruz, sino también las múltiples facetas del sufrimiento humano. Desde la traición de un amigo cercano hasta la pérdida de su padre terrenal, San José, Jesús sintió el agudo dolor de la traición y el duelo. Incluso lloró por la muerte de su amigo Lázaro, demostrando su compasión ante la aflicción y la muerte. Jesús, siendo perfecto hombre, experimentó de manera integral tanto el dolor físico como el moral. Y más allá de su propio dolor, llevó sobre sí el peso del sufrimiento de toda la humanidad.

Esta identificación con Cristo doliente nos ofrece una perspectiva única sobre nuestras propias enfermedades. Al sufrir, nos unimos a Cristo en su pasión y compartimos las cargas que Él soportó. En esta comunión de sufrimientos, descubrimos también nuestra capacidad de ser corredentores con Él, encontrando en los enfermos verdaderos tesoros de la Iglesia.

San Josemaría Escrivá, con su característica profundidad espiritual, nos recuerda cómo los niños y los enfermos, en su simplicidad y vulnerabilidad, reflejan la presencia de Cristo entre nosotros.

La aceptación de nuestra Cruz personal, sin embargo, no actúa como un mero analgésico para el dolor. Más bien, ofrece un sentido divino a nuestro sufrimiento. Esta visión sobrenatural es la única que puede traer verdadera paz al corazón inquieto y sufriente. En el misterio del sufrimiento, no estamos solos; estamos acompañados por un Cristo que entiende, que comparte y que transforma nuestro dolor en un camino hacia la redención.