Jue. May 23rd, 2024

La Iglesia católica celebra dos misterios profundamente significativos pero distintos: la Ascensión de Jesucristo y la Asunción de la Virgen María. Estos eventos, aunque comparten similitudes en su terminología, subrayan realidades teológicas únicas y revelan la profunda conexión entre Cristo y su Madre santísima.

La Ascensión del Señor, que se celebra 40 días después de la Pascua, conmemora la elevación de Cristo en su naturaleza humana al cielo, donde se sienta a la derecha del Padre. Este acontecimiento no solo marca el fin de sus apariciones terrenales sino que también anticipa su segunda venida. Como declaramos en el Credo, Jesucristo «subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso». Esta celebración enfatiza la exaltación de la naturaleza humana de Cristo, quien, después de cumplir su misión redentora en la tierra, regresa gloriosamente al Padre.

En contraste, la Asunción de María, celebrada el 15 de agosto, se refiere al momento en que María, al término de su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma al cielo. Este privilegio único subraya que María, inmaculada y libre de toda mancha de pecado original, no experimentó la corrupción del cuerpo y fue glorificada anticipadamente a la resurrección general de los muertos. El término “asunción” proviene del latín «assumptio», que significa ‘acción de tomar’, indicando que fue llevada al cielo por la gracia de Dios.

A diferencia de la Ascensión, que es un acto propio de Cristo que asciende por su propio poder, la Asunción de María es un don divino, una gracia que le fue concedida por los méritos de su hijo. Este misterio, aunque no descrito explícitamente en la Sagrada Escritura, es firmemente sostenido por la Tradición de la Iglesia y fue solemnemente definido como dogma por el Papa Pío XII en 1950 en su constitución apostólica «Munificentissimus Deus».

Ambos eventos no solo destacan la singularidad de Cristo y María en el plan salvífico de Dios, sino que también ilustran la esperanza cristiana en la resurrección y la vida eterna. Invitan a todos los fieles a reflexionar sobre el destino último y glorioso que Dios ha preparado para aquellos que le son fieles.

Este profundo entendimiento nos ayuda a apreciar más la belleza de la doctrina católica y a vivir con una esperanza renovada mientras esperamos la gloriosa venida de Cristo y la realización plena de nuestra redención.

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