Mié. Jun 19th, 2024

Una de las últimas cosas que recuerda Andrew Young de Afganistán es el bautismo de un intérprete afgano. “Era musulmán, y quería convertirse en cristiano. Yendo a una zona insegura como intérprete, su vida estaba en un peligro continuo. Hicimos un curso rápido, y con el permiso del arzobispo Broglio (arzobispo castrense de EEUU), lo bauticé, lo confirmé y le di la primera comunión”.

 

El padre Young no volvió a ver al converso afgano. Cuando era un joven marine, Young formó parte de la primera oleada de intervención militar norteamericana en Afganistán, poco después del fatídico 11 de septiembre de 2001.

 

Tras años de servicio militar, cambió el fusil táctico por la cruz, convencido de que así podría ayudar más plenamente a sus compañeros y los habitantes de sus destinos. Entrevistado por Pillar Catholic, ha narrado las implicaciones de ser, con toda probabilidad, “uno de los últimos capellanes católicos estadounidenses” de Afganistán.

 

Los primeros en llegar a Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre

 

Andrew Young se formó en la Academia Naval de Estados Unidos en Annapolis, Maryland. Se graduó en 1999 y pasó a servir en la Infantería de Marina hasta 2005. Se encontraba en Australia, durante su primer despliegue, el día que cayeron las Torres Gemelas.

 

Su unidad fue uno de los primeros grupos en trasladarse a Pakistán, cuyo gobierno tuvo que abjurar de sus lazos con el talibán para integrarse en la coalición internacional organizada por la administración Bush. Estados Unidos comenzó entonces a atacar las posiciones afganas, acusando al talibán de esconder a Osama bin Laden, el líder de la Al-Qaeda autora de los atentados.

 

“Fuimos a Pakistán cuando comenzó la guerra”, recuerda Young. “Colaboramos en la búsqueda y rescate de los pilotos, y luego entramos en Camp Rhino, en el sur de Afganistán, la primera presencia militar estadounidense después de la caída de las torres”.

 

Probablemente, el único sacerdote católico estadounidense de Afganistán

 

Tras un cambio de unidad al comienzo de la guerra en Irak, abandonó momentáneamente el ejército al conocer la otra cara de su vocación. Entró al seminario y fue ordenado sacerdote en 2012.

 

Su vida continuaría ligada al ámbito militar. “Serví tres años en mi diócesis, y luego tres años más como capellán de la Armada en un barco el USS Wasp, en operaciones frente a las costas de Libia”.

 

Posteriormente, ingresó como capellán en la Fuerza Aérea durante otros tres años.

 

“Había una gran necesidad de capellanes. Fui el primero en Florida, sirviendo en el Comando de Operaciones Especiales y me desplegué en Afganistán el año pasado. Desde abril hasta octubre de 2020, en Bagram, estuve bastante cerca de ser uno de los últimos capellanes católicos allí desplegados”, afirma Young. “Creo que fui el único sacerdote católico estadounidense en cualquier servicio durante la mayor parte del tiempo”, puntualiza.

 

Una misa diaria, seis cada fin de semana y al frente de todos los católicos de Bagram

 

El sacerdote afirma que llegó a volar mucho para que hubiese misa. De hecho, Bagram era la base americana más grande de Afganistán, y durante aquel tiempo, fue el responsable de todos los servicios católicos.

 

“Cualquiera que fuera católico en esa base, encontraba en mí a su sacerdote. Había muchos estadounidenses, pero también contratistas y proveedores de África y otras partes del mundo que eran católicos”.

 

Además de la misa diaria, solo en la base de Bagram llegaba a tener hasta seis misas cada fin de semana, hasta que la llegada del Covid obligó a ampliar aún más los espacios y misas disponibles para que todos pudiesen asistir.

 

Más allá de su propia responsabilidad sobre el personal americano, el padre Young asumió la de todos los contratistas y proveedores extranjeros. “Era nuestra misión, ya que era nuestra base. No estaba obligado a ofrecerles misa, pero sentía la responsabilidad de atender sus necesidades. Había mucha gente que deseaba los sacramentos”.

 

Un Black Hawk para celebrar el mayor número de misas posibles

 

En un país al borde del quiebre, con la presión de ser uno de los últimos, si no el único, de los capellanes católicos estadounidenses, Young asumió como una verdadera misión celebrar el mayor número de misas posibles, por arriesgado que esto fuese. Para ello, llegó a usar como transporte uno de los famosos helicópteros norteamericanos que dan nombre a la película Black Hawk Down.

 

“El ejército tenía pequeñas bases por todo Afganistán, a donde me llevaban e íbamos por todas partes dando saltos, haciendo tres o cuatro misas en uno o dos días”, detalla. “Había bases con muchos soldados de países católicos que necesitaban los sacramentos, y también iba a la embajada o cualquier lugar donde no tuvieran sacramentos. Fue realmente genial”.

 

El capellán cuenta que, pese a que impartir los sacramentos ocupaba la gran parte de su tiempo, no podía descuidar el propio asesoramiento espiritual de su unidad. “Estábamos en una misión de combate. La gente estaba experimentando la muerte, y venía en búsqueda de consejo para darle sentido”.

 

“Como capellanes, aconsejamos a cualquiera, sin importar cuál fuese su fe, a hombres que añoraban su hogar, aviadores que se desplegaban por primera vez o que su mujer estaba embarazada en casa”, explica.

 

Preocupado por los colaboradores afganos

 

Tras su estancia en Afganistán entre abril y octubre de 2020, Andrew Young es vicario general de la diócesis de Sioux Falls, en Dakota del Sur. Preguntado por sus perspectivas actuales sobre la toma del poder talibán en Afganistán, muestra su preocupación por los antiguos colaboradores afganos.

 

“Es difícil ver a esas familias y contratistas que trabajaron con nosotros. La mayoría de las personas que se comprometieron a ayudarnos, no lo hicieron porque realmente les preocupásemos, sino porque necesitaban el trabajo. Algunos de ellos podrían ser tratados horriblemente simplemente porque aceptaron un trabajo que les ponía comida en la mesa. Era una forma de ganarse la vida, y ahora están asustados”.

 

Young asume que, en torno al balance de la intervención norteamericana en suelo afgano, muchos “podrán decir que fallamos y que los últimos 20 años o las vidas que se perdieron fueron en vano”.

 

Administrar los sacramentos, un compromiso con quienes entregan sus vidas

 

Sin embargo, añade, “se hicieron muchas cosas buenas. Le dimos esperanza a la gente, y el bien que hicimos allí, ya fuese la fe, la esperanza o la educación de los niños y niñas fue debido a que estábamos allí. En lo que a mí respecta, en mi caso, una de las últimas cosas que hice antes de irme fue bautizar a un intérprete afgano. ¿Qué regalo más grande que darle a alguien la fe y darle a alguien a Cristo?”, se pregunta.

 

Antes de concluir, el sacerdote rememora su periodo como marine.

 

“Recuerdo al sacerdote que sirvió en nuestra unidad los días antes de que fuéramos a Irak desde Kuwait. Teníamos misa todos los días, y cientos de personas estaban en misa y en fila para confesarse. No puedo imaginarme no tenerlo conmigo antes de entrar en combate”, agradece, “donde no sabíamos lo que iba a pasar”.

 

Por eso, independientemente del balance, el padre Young considera su responsabilidad moral con los soldados de Afganistán. “Nuestros hombres y mujeres se sacrifican tanto que les debemos los sacramentos, especialmente cuando cruzan la línea de batalla. Les debemos estar allí como sacerdotes, como Iglesia, mientras se sacrifican para servir a nuestro país”.

 

Fuente del video: SFDIOCESE

 

 
Nota enviada en guion del 2 de septiembre de 2021 a producción Radio María por las periodistas: Maira Celis y Johaved Orozco 
Fuente: Catholic Views. 
Fuente 2: Religión y libertad