El cardenal Charles Bo de Yangon, Myanmar, presidente de la Federación de Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC) dio una charla el 16 de noviembre para el Día Internacional de la Tolerancia que ha proporcionado a la edición inglesa de zenit para la ocasión.

En este día, expuso el cardenal Bo, recordamos al gran apóstol de la no violencia, Mahatma Gandhi, que dijo: “Ojo por ojo hace que el mundo entero se quede ciego. En memoria de su cumpleaños, la ONU ha declarado este día como el día de la tolerancia”.

“Este año”, reconoció, “este día llega entre lágrimas: las lágrimas de casi 1,2 millones de personas que murieron de COVID-19. Muchos de ellos fueron dejados para morir en su último momento en una soledad deprimente y enterrados sin llorar y sin cantar. Se fueron sin decir adiós. Sus seres queridos se quedaron atrás con lágrimas”.

Fin del tiempo de tratar a los demás como

El día de la Tolerancia de este año, advirtió, “nos recuerda dolorosamente: adoren las lágrimas insaciables de las familias de las víctimas de COVID-19. Evita la intolerancia. Todos somos uno en esto”.

El coronavirus “no perdonó a nadie: infectó a los líderes de las superpotencias. Mató a todas las razas. El virus nos recuerda: unidos permanecemos, divididos caemos”, dijo, señalando que el odio, la xenofobia y la intolerancia herirán a la humanidad.

“Permaneced juntos, salvad a la humanidad. Celebren la dignidad en la diversidad. La compasión por el sufrimiento es la única vacuna contra la guerra mundial contra el virus despiadado. Solo ganaremos cuando tratemos las lágrimas de nuestros hermanos y hermanas como si fueran nuestras. Adoradlos. Las lágrimas no tienen color, ni religión, ni raza. Todos somos uno en este desafío a nuestra propia existencia”.

COVID-19 nos unió en nuestro dolor

“Soy el guardián de mi hermano”, dijo el cardenal Bo, recordando: “Jesús mostró un gran ejemplo, predicando la tolerancia, instando a sus seguidores a ‘rezar por sus enemigos, por los que le persiguen’. Tuvo el gran coraje de perdonar incluso desde la cruz a aquellos que lo torturaron”.

Más que nunca, subrayó el líder de los obispos asiáticos, se nos recuerda nuestra fragilidad humana, la mortalidad vulnerable.

“La vida es corta”, expuso, señalando: “es inútil gastarla en el odio mutuo”. El extraordinario y conmovedor testimonio de los profesionales de la salud de primera línea, la sagrada generosidad de los voluntarios en los centros de cuarentena, nos enseñan una gran lección.

“El servicio es su religión”, alabó, denunciando que miles de médicos y enfermeras han muerto, “convirtiéndose en mártires de la fraternidad humana, la compasión y la misericordia”. Su sacrificio, expuso, debería inspirarnos a tratarnos con gran dignidad.

El prelado subrayó que la dignidad se encuentra en la diversidad, y especialmente en estar unidos en esa diversidad. Recordó que Myanmar es “un país colorido” de 8 tribus principales y 135 subtribus, que pertenecen a diversas tradiciones espirituales.

Un pueblo hermoso en la diferencia

“Somos un pueblo hermoso, porque somos diferentes”, apuntó, y “no una copia de la nauseabunda uniformidad”.

“No somos robots sin vida”, continuó: “Somos seres humanos; nuestra imprevisibilidad trae alegría, nuestra diferencia en el color de la piel, nuestro lenguaje, nuestra raza hace de la humanidad un enorme lienzo de brillante belleza”.

El cardenal Bo criticó las heridas visibles de la intolerancia, vistas solo en el siglo XX, “donde los seres humanos mataron a casi 135 millones de personas en la intolerancia. Luchó en dos guerras mundiales; mató a millones y trajo la miseria a más millones. Las heridas de la intolerancia no han sanado. Se está enconando. Este siglo vio más guerras culturales”.

Salvar a la humanidad amenazada

“Más que nunca”, advirtió, “nuestra existencia como raza humana está amenazada. El cambio climático puede matar a millones de personas, las explosiones de una pandemia pueden amenazar la civilización humana. Sin unidad, un virus invisible puede acabar con todo. Enamórate, mantente enamorado, salva a la humanidad”.

“El amor es la tarjeta de identidad de cada ser humano. El cristianismo enseña: Amaos los unos a los otros, esa es la mayor ley de la vida. Nuestros enemigos son nuestros mejores maestros. Respétenlos. Ellos han expuesto nuestros prejuicios”.

Mientras decía que Myanmar se encuentra en la encrucijada de la historia, añadió que otra elección pacífica ha terminado y que la democracia es “una planta que crece lentamente”.

“El calor de la intolerancia”, denunció, “puede quemar esa tierna planta”. Todos podemos ser sumergidos en un oscuro receso de odio. Hemos sufrido durante seis largas décadas porque luchamos con nuestras diferencias; ha llegado el momento de unirnos con nuestras similitudes. El sueño de la Tierra Dorada es posible, si podemos perdonar y hacer que todas nuestras guerras y conflictos sean historia”.

Suplicando a todos que miren la tragedia y las lágrimas de la pandemia, señaló: “Las lágrimas son las mismas, instándonos a olvidar nuestras diferencias”.

“Nunca tolerar la intolerancia”, concluyó el cardenal Bo, impartiendo su bendición.

Fuente: Zenit.org

Nota enviada por la periodista Teresita González a webmaster