Mucho se habla de la esperanza hoy en día. Y es muy comprensible, sin embargo, creo que a veces nos falta entender un poquito mejor, qué necesitamos para que se haga realidad frente a la situación que vivimos actualmente.

 

Es muy fácil decir que debemos tener esperanza, y que además debemos nutrirla de relación que tenemos con Dios. Pero, a la hora —como se dice coloquialmente en Perú— «que las papas queman», cuesta vivirla. Cuando fallece un familiar o amigo muy cercano a causa de esta pandemia o cuando ni podemos acompañarlo en el recorrido hasta que es enterrado.

 

Cuando muchos pierden el empleo, colegios e institutos hacen hasta lo imposible para no caer en la bancarrota. Incluso cuando compañías importantes se ven forzadas a despedir centenas de empleados porque simplemente no pueden superar el problema económico ocasionado por esta situación tan complicada.

 

La crisis nos ha afectado a todas a diferente escala. Y es cierto, algunas veces nos cuesta mucho encontrar esperanza, por eso hoy quiero compartir algunos elementos o actitudes fundamentales para hacerla más real.

 

1. La esperanza para el cristiano está siempre en el futuro

 

 

La felicidad a la cual nos llama el Señor (1 Tim 2, 4) es en la Patria Celestial (Hech 11, 16). Esa vida eterna en la que el hombre será «semejante a Dios» (1 Ju 2, 25; 3, 2). Esa meta, que está en el futuro, es lo que nos da la fuerza que necesitamos para vivir el presente.

 

Obviamente, no se trata de renunciar al ahora. Es más, debemos tener los pies muy bien puestos en la realidad actual, difícil y dolorosa. Sin embargo, para poder asumir el sufrimiento que nos embarga hoy, la certeza de la victoria nos da el ánimo y fuerza para seguir adelante.

 

2. Fe y confianza

La confianza en la fidelidad de Dios —que nunca nos abandona pero a veces nos cuesta aceptar— y la fe en sus promesas es lo que garantizan esa realidad futura (Hech 11, 1), y nos permiten vislumbrar la felicidad y el gozo que nos esperan.

 

Pero la participación de esa realidad que ya vivimos en Cristo, puesto que por medio del Espíritu Santo, ya llevamos ese reino eterno en nuestros corazones, no es fácil. ¿Por qué? porque en este mundo todavía estamos marcados por el pecado. La acción del pecado en nuestra vida todavía tiene fuerza.

 

3. Nuestra dependencia de Dios

 

Precisamente, por nuestro pecado y lo frágiles que somos, no podemos fiarnos de nosotros mismos. ¿Cuántas veces nos sucede que creyendo que todo va bien nos empezamos a alejar de Dios? Y cuando nos damos cuenta, nos percibimos enredados en la oscuridad, sin saber bien por dónde caminar, confundidos y sin sentido.

 

Solamente Dios puede permitir que vivamos una libertad en el amor, de tal modo que nos orientemos siempre a la Patria Celestial, y ese horizonte espiritual sea el que nos dé la fuerza para el diario caminar.

 

Fe, confianza, esperanza, amor y libertad que dependen de Dios, son distintos aspectos de una única actitud espiritual. Te recomiendo leer un hermoso texto escrito por el papa Francisco llamado «Educar a la esperanza» y reflexionar sobre estos versículos que seguro te brindarán consuelo en estos momentos.

 

Pidamos al Señor que en estos tiempos complicados, nos tienda su mano y nos ayude a no desanimar. Pongámonos bajo el manto protector de nuestra Madre, la Virgen María. ¡Ella siempre nos acompaña! 

 

Fuente: de catholic-link