Sáb. Mar 2nd, 2024

El descubrimiento sorprendente ocurrió cuando las Hermanas Benedictinas de María, Reina de los Apóstoles, exhumaron el cuerpo de su estimada fundadora, la Madre Wilhelmina (Guillermina) Lancaster, OSB. A pesar de haber transcurrido cuatro años desde su muerte y su entierro en un sencillo ataúd de madera, el cuerpo de la Madre Wilhelmina se encontraba notablemente bien preservado.

Esta noticia se propagó rápidamente a través de las redes sociales, atrayendo a cientos de peregrinos al monasterio situado en la zona rural de Missouri, Estados Unidos. Muchos están ansiosos por conocer más sobre esta mujer excepcional que, a la edad de 70 años, fundó una Orden reconocida principalmente por sus aclamados álbumes de canto gregoriano y himnos católicos clásicos, que encabezaron las listas de éxitos.

La vida de Sor Guillermina es una historia fascinante desde su nacimiento el 13 de abril de 1924, en St. Louis, el Domingo de Ramos, como Mary Elizabeth Lancaster. Fue la segunda de los cinco hijos de un matrimonio católico devoto. Cuando realizó sus votos religiosos, adoptó el nombre de Guillermina.

La actual abadesa, Madre Cecilia Snell, OSB, ha compartido que la futura Hermana Guillermina tuvo una experiencia mística a los 9 años durante su Primera Comunión, en la cual Jesús se le apareció y la invitó a unirse a Él. Este encuentro transformador marcó el inicio de su vocación y dedicación a la vida religiosa.

A los 13 años, el párroco de Guillermina le preguntó si había considerado convertirse en religiosa. Aunque nunca antes había reflexionado sobre ello, la idea la conmovió profundamente. Sin demora, escribió una carta a las Hermanas Oblatas de la Providencia en Baltimore, solicitando unirse a ellas. A pesar de ser demasiado joven en ese momento, esta niña de 13 años persistió en su deseo y su pasión por convertirse en monja católica. En su carta, expresó su humildad y respeto, deseando conocer los requisitos para ingresar al convento. Su devoción y determinación no pasaron desapercibidas.

La vida de Sor Guillermina estuvo llena de desafíos, ya que creció en medio de la segregación racial. A pesar de sufrir burlas por el color de su piel y ser ridiculizada por ser la única católica en un entorno mayoritariamente bautista y metodista, ella se negó a guardar resentimientos por el trato recibido.

Fuente del video: Aciprensa

Cuando la escuela secundaria católica local se segregó bajo los Christian Brothers y la escuela pública parecía ser su única opción, sus padres hicieron grandes esfuerzos para asegurarse de que su hija y sus compañeros de fe pudieran continuar su educación católica. Como resultado de su dedicación, Guillermina se graduó como la mejor estudiante de la escuela y luego ingresó a las Hermanas Oblatas de la Providencia, una de las dos únicas órdenes religiosas para mujeres negras o hispanas. Allí permanecería durante 50 años, sirviendo con entrega y compromiso.

A lo largo de sus cinco décadas de vida religiosa, Sor Guillermina fue testigo de los cambios que trajo el Concilio Vaticano II. Aunque buscó preservar el uso del hábito religioso, incluso confeccionando el suyo propio cuando las Hermanas dejaron de producirlo, también abrazó los nuevos enfoques y adaptaciones dentro de la Iglesia. Su fe y fidelidad permanecieron inquebrantables.

La Madre Cecilia compartió una anécdota conmovedora sobre la valentía de Sor Guillermina. Durante su tiempo como maestra en Baltimore, el hábito que ella misma confeccionó pudo haberle salvado la vida cuando un estudiante descontento intentó atacarla con un cuchillo. El cuello alto y rígido del hábito, conocido como guimpe, desvió el arma y evitó una tragedia.

La devoción de Sor Guillermina a la Virgen María fue una característica destacada de su vida espiritual, incluso durante los últimos años de su vida, cuando su salud era frágil. Aquellos que la conocieron recuerdan su amor apasionado por la Madre de Dios. Las últimas palabras conscientes de Sor Guillermina, cantadas dos días antes de su fallecimiento como parte del himno «O Sanctissima», reflejaron su profunda devoción mariana y el carisma musical que distingue a las Hermanas Benedictinas de María.

La muerte de Sor Guillermina fue un momento hermoso y trascendental según relata la Madre Cecilia. Mientras cantaban «Jesús, mi Señor, mi Dios, mi todo», la religiosa abrió los ojos y miró hacia arriba. Sorprendentemente, había estado en coma y no había respondido durante varios días. Parecía que en ese instante, su rostro irradiaba amor y estaba ya en comunión con el Cielo.

Para la abadesa, esos momentos fueron una señal evidente de que «Dios lo había planeado todo». La vida de Sor Guillermina fue un testimonio de su amor a la Santísima Madre y ella misma animaría a todos los visitantes a rezar el Rosario y a amar a la Virgen María, quien los ama inmensamente.

El legado de Sor Guillermina perdura en las Hermanas Benedictinas de María, quienes continúan viviendo una vida de silencio y contemplación bajo la Regla de San Benito. Su canto gregoriano tradicional en latín y su participación en la forma extraordinaria de la Misa son expresiones de su profunda devoción y búsqueda de la belleza litúrgica.

La extraordinaria preservación del cuerpo de la Madre Wilhelmina Lancaster ha despertado admiración y fervor en los corazones de los fieles. Aunque quedan preguntas sin respuesta, como si se realizará una investigación científica sobre sus restos, el legado de esta mujer de fe y coraje perdurará en la memoria de aquellos que buscan una conexión más profunda con Dios y su Iglesia.


Fuente: Aciprensa