NAGASAKI, Japón (AFP). Cuando la bomba atómica estadounidense “Fat Boy” destruyó Nagasaki hace 65 años, uno de los edificios quemados fue la catedral Urakami, pero la cabeza de la estatua de madera de la Virgen María resistió a la deflagración, lo que los japoneses católicos calificaron como un milagro. 

 

La onda expansiva ardiente de la deflagración que devastó la ciudad el 9 de agosto, dejando más de 70.000 muertos, pulverizó las vidrieras y los muros del edificio, carbonizó el altar y fundió la campana.  

Pero la cabeza de la estatua de madera de la Virgen María sobrevivió a esa hoguera, y fue encontrada entre los restos de la iglesia romana.  

 

  

El ícono conservó el estigma de la guerra: los ojos se quemaron, dejando las cuencas negras, la mejilla derecha ennegrecida y una fisura que corre a lo largo del rostro como una lágrima.  

 

“Cuando la volví a ver por primera vez, pensé que la Virgen estaba llorando”, confió Shigemi Fukahori, un parroquiano de 79 años que conocía bien la estatua antes de la explosión.  

 

“Era como si nos advirtiese contra los horrores de la guerra sacrificándose”, agregó con una mirada hacia la estatua cargada de emoción. “Es un símbolo importante de paz que debe preservarse siempre”, añadió.  

 

La estatua mutilada está hoy expuesta en la nueva iglesia reconstruida en el mismo lugar, a solo 500 metros del punto central sobre el que estalló la bomba de plutonio.  La reliquia hizo viajes a través del mundo como símbolo de paz.

 

Nota por Teresita González