Dom. Oct 2nd, 2022

Cuando queremos enfrentar con transparencia y honestidad, las realidades duras y horribles de nuestra vida, solemos, ser influenciados por la cultura del Mundo en que vivimos, moderar o suavizar el peso de maldad y perversidad que tienen.

Unos más que otros, por supuesto… cada uno puede hacer su propio examen de consciencia. Aún más, si lo que buscamos discernir es la miseria que anida en el propio corazón.

¿Cómo debemos mirar nuestro interior?
Sin embargo, también debemos reconocer que, en nuestro interior, residen también pecados, infidelidades y toda suerte de miserias que nos alejan de Dios. Es duro decirlo, pero tenemos que mirarnos en el espejo, y reconocer que, así como nuestra vida está llena de hechos y experiencias hermosas y maravillosas, también está enredada con la oscuridad y las tinieblas del pecado. La única manera de mirar el peso y la gravedad de nuestra miseria es desde los ojos misericordiosos del Padre. Recordemos la parábola del hijo pródigo, cuando el Padre, a lo lejos, se da cuenta de que su hijo está regresando.

Es más, parece que quiere mostrarle aún más su amor. Cómo el Señor tiene un amor predilecto por los pecadores. ¡Y muchos otros pasajes! en los que Jesús nos muestra que Su Amor no cambia por nuestros pecados. Es más, murió en la Cruz por los pecadores.

La mirada justiciera
Por supuesto, causa rechazo y una profunda tristeza la consciencia de que, una y otra vez, huimos y rechazamos el Amor de Dios. Descubrimos en nuestro corazón esa doble voluntad, que tan bien describe San Pablo, cuando nos dice que el Espíritu quiere el amor, pero nuestra carne es débil . Aceptar y reconocer con humildad y serenidad nuestro lado oscuro, solo es posible con la luz de la Verdad, que brota del encuentro con Dios. Llegamos al punto de creer que no merecemos el Amor del Padre, porque somos pecadores.

La verdad es que, efectivamente, por nuestras conductas no merecemos el Amor de Dios. Demos gracias a Dios, porque Su Amor es diferente.

Seguimos siendo hijos de Dios
No hay nada que podamos hacer, por lo que merezcamos gozar de la Gloria de Dios, en el Cielo. Pero lo cierto es que Dios nos ama gratuitamente, y Cristo quiso entregar su vida en la Cruz, por libre voluntad. Sin embargo, sabemos que no hemos sido radicalmente rotos por alejarnos de Dios. Finalmente, pidamos a Dios que nos conceda la gracia de mirarnos desde Su Misericordia, y no tener miedo de reconocer el pecado que habita en nuestro corazón.

Tenemos la confianza que el Señor nos perdona una y otra vez, mientras reconozcamos con humildad quiénes somos y cómo somos ante Dios. No nos ocultemos por nuestros pecados, más bien dejémonos reconciliar por Dios.


Fuente: Catholic link
Redacción: Natalia monroy

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