Cuando hablamos de discernimiento, ¿qué entendemos? En un contexto católico muchas veces asociamos esta palabra a la vocación, a descubrir si el llamado es a una vocación u a otra. Es casi algo vital y definitivamente determinante.

 

Pero, ¿estaremos en lo correcto? La palabra discernimiento significa el saber distinguir no solo entre una cosa u otra sino ¡entre varias! Requiere conocimiento (general y personal), tiempo y también libertad.

 

Hablar de discernimiento espiritual implica mucho más que un simple distinguir algo de otra cosa. El discernimiento espiritual necesita estar presente en la vida de todo cristiano, tiene que ver con quiénes somos nosotros mismos, con nuestra relación con Dios y con la libertad personal.

 

1. El discernimiento es algo más que los mandamientos y la ley

 

El Padre Frederic Fornos, Director Internacional de la Red de Oración del Papa acertadamente dijo que «no existe discernimiento espiritual si no somos capaces de escuchar, ver y sentir lo que ocurre en nosotros, en nuestro corazón».

 

Un primer punto es pues mirarse adentro. El ser un buen cristiano, dentro de la vocación que sea, no significa cumplir los mandamientos y la ley de Dios de forma mecánica. El discernimiento de Dios comprende una relación personal con el Creador.

 

Desarrollar un vínculo tal que seamos capaces de «escuchar» con el alma, con la mente y el corazón a Dios que nos habla muchas veces en el silencio.

 

Es buscar la voluntad de Dios, pero también ejercerla en libertad. Es encontrar nuestra propia historia dentro de este peregrinar del Pueblo de Dios, es casi como descubrir un camino hacia el mismo cielo.

 

2. Estar despiertos a la vida interior

 

No es tan sencillo despertar esa vida interior, la conquista de la propia libertad va de la mano también con el mismo discernimiento espiritual.

 

Ese reconocer el barro del que estamos hechos. Mirar cara a cara nuestra fragilidad y también mirar los dones inmerecidos que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros.

 

El discernimiento espiritual no es un pensamiento, un monólogo, un coloquio que pareciera que es solo para mí. Es más bien un diálogo, un intercambio de deseos, de voluntades.

 

Conocer la voluntad de Dios y tener la libertad de confiarle también la mía. Mis anhelos humanos, mis sueños. Es un descubrir mi intimidad y compartírsela por entero al Señor y dejar también que Él actúe en ella.

 

Podría decir sin temor a equivocarme que ejercitarnos en el discernimiento espiritual es casi un acto de astucia. Afinar el «oído espiritual» para poder luchar contra la tentación y las tretas del enemigo no solo de una manera más activa sino también comprometida.

 

Aprender a escuchar lo que viene de Dios y rechazar lo que viene del mal va acrecentando nuestra propia sabiduría. Sabiduría que no solo va a tener impacto en nuestra vida personal sino en la de muchos otros.

 

3. Aprender a distinguir primero en el plano humano

 

Si no nos conocemos, si ni siquiera en las cuestiones más simples de nuestra vida no somos capaces de distinguir entre lo que es bueno para nosotros y lo que no, dar el salto al discernimiento espiritual puede ser complicado.

 

Un requisito, que va de la mano, es conquistar la madurez que nos permita reflexionar en nosotros mismos, en lo que queremos de nuestra vida, en cómo estamos viviendo en el presente.

 

Qué ideas nos hemos comprado y hasta qué punto hemos aprendido a pensar por nosotros mismos y con criterio. Tratar de entender cómo venimos llevando nuestra vida.

 

Conquistar virtudes que nos permitan tener una vida balanceada, un trabajo digno, construir relaciones humanas sanas, aprender a descansar y sobre todo aprender a amar a los demás.

 

Como vemos, no es una tarea sencilla y no se trata simplemente de descubrir o decidir cuál es mi vocación. Es una tarea por demás compleja, pero absolutamente necesaria para nuestra vida cristiana.

 

 

 

 

 

Fuente: Silvana Ramos catholic-link