En 1984, el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se publica la carta apostólica Salvifici doloris, casi reflexión profética de su existencia, para penetrar el sentido salvífico del sufrimiento humano. En ella afronta las implicaciones del mundo del sufrimiento humano que encuentra, en Cristo redentor, y en preparación del jubileo extraordinario, el sentido cristiano y el valor del descubrimiento gozoso de Pablo: Alegre de tomar parte en los sufrimientos de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24), para que otro pueda obtener provecho de su ofrenda. Con todo hombre, tras las huellas del Antiguo Testamento, se pregunta sobre el porqué del sufrimiento humano. Pero, ¿cómo buscar más allá de Cristo y de su experiencia humana divina? ¿Cómo no tener en cuenta su Encarnación, respuesta y misterio del amor de Dios hacia el hombre, que se revela en la pasión, muerte y resurrección del Hijo? Si el sufrimiento es coesencial a la naturaleza humana, inseparable de su existencia terrena y exige del hombre superarse a sí mismo perteneciendo casi a la “trascendencia del hombre”, sólo el amor de Dios, su misericordia, única salvación de todo mal, se postra junto a la humanidad, alivia el rostro enfangado, los miembros golpeados. Con ternura y sublimidad omnipotentes hace del sufrir humano “vía de purificación y de maduración espiritual”; transforma sus pasos en posibilidad de conversión y de reconstrucción; atrae y conduce ascéticamente al hombre a la dimensión eterna, a la vida verdadera e inagotable. Vencido por el amor, el sufrimiento humaniza y diviniza a aquel que se deja conducir dócilmente por el designio del Padre. Conquistado a la esperanza y seguro de la resurrección, incluso el cuerpo del hombre encuentra nuevas fuerzas para afrontar la difícil experiencia de beber el cáliz y de perseverar en la prueba, en unidad profunda y sustancial con Cristo que ha abierto al hombre las puertas de la eternidad y del rescate. Sólo Cristo, que quiso sufrir, hasta el abandono del Padre, la fractura profunda e indecible del mismo en el momento crucial de la ofrenda del sacrificio, conoce y asume sobre sí toda la miseria del mal en toda su forma, de toda forma de pecado y de enfermedad, de toda iniquidad que el Padre puso sobre sus hombros para que pudiera realizar nuestro rescate definitivo. Él pudo medir el mal entero de dar las espaldas a Dios contenido en el pecado que, precisamente por su divina unión filial con el Padre, experimentó como sumo sufrimiento y rechazo del Padre, tocando el abismo de la ruptura con Dios para realizar la redención después de haber llevado todo a cumplimiento. La Cruz viene a ser, por tanto, el manantial del que brotan ríos de agua viva y el sentido del sufrimiento encuentra en ella el precio de la redención. Tomando parte en los sufrimientos de Cristo todo hombre puede experimentar, por consiguiente, que el sufrimiento humano ha sido elevado a nivel de redención.

Escribe, en efecto, el Apóstol:

Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados…Llevamos siempre en nuestros cuerpos la muerte de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo…sabiendo que quien resucitó al Señor de entre los muertos, también nos resucitará con Jesús (2Co 4, 8-11.14).

Mediante la fe nuestros sufrimientos son enriquecidos con nuevo contenido y significado; conocemos también el amor de Aquel que llevó a Cristo a la cruz y, por el sufrimiento, a la unión con todo ser humano. Pablo comprende este amor de Cristo y elige vivir para él, más aún hacer revivir a Cristo en él; descubre que la participación en la cruz de Cristo tiene lugar a través de la experiencia del Resucitado, por tanto, mediante una especial participación en la resurrección (SD 20). El sufrimiento hace capaces de madurar para el Reino hombres envueltos en el misterio de la redención de Cristo, y su especial despojo permite una elevación: en la debilidad y en la humillación se manifiesta la potencia y la grandeza mesiánicas. Por tanto, la debilidad es una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual, testimoniada por los mártires y confesores de las diversas épocas. En la paradoja evangélica de debilidad y fuerza, Pablo se vanagloria de sus debilidades, experimentando la potencia de Cristo (cf 2Co 12,19) y puede afirmar, en Fil 4,13: Todo lo puedo en aquel que me da fuerza. En la dimensión en que la imposibilidad y la debilidad humanas se abren a la acción salvífica de Dios, por obra de las fuerzas salvíficas ofrecidas a la humanidad en Cristo, se manifiesta el fortalecerse espiritual del hombre en medio de las pruebas y de las tribulaciones, que es la vocación especial de quienes son partícipes de los sufrimientos de Cristo. El hombre, llamado por su parte a ejercitar una virtud particular, la de la perseverancia en soportar lo que molesta y hace mal… desprende de sí esperanza y mantiene la convicción de que ningún sufrimiento podrá prevalecer o privarlo de su dignidad, unida a la conciencia del sentido de la vida. Este sentido es obra del amor de Dios, don del Espíritu Santo. La participación progresiva en este amor, hasta el sufrimiento, lleva al hombre a encontrar el alma que parecía haber perdido a causa del sufrimiento (SD 23) y, con ella, a encontrar el tesoro de su ofrenda en la comunión de los santos.

Juan Pablo II atestiguo abiertamente, de modo inequívoco, universal y conmovedor, cuánto el sufrimiento abre el corazón del hombre al otro, haciéndolo parte de una misma humanidad, acomunando incluso un papa, un tiempo separado del mundo y de la experiencia de las multitudes, al hermano y semejante, que en cualquier parte de la tierra sufre o vive la propia condición de miseria, pobreza, enfermedad o límite. La respuesta de gratitud de los hombres no se ha hecho esperar. Si la edificación espiritual de la comunidad eclesial, a la que somos llamados por el bautismo, es una responsabilidad que ha de completar con el amor lo que falta a los padecimientos de Cristo, como había experimentado Pablo, de modo creativo, inagotable e infinito, el Santo Padre no se ha limitado a enunciar los principios y las modalidades de tal participación. Ha contribuido, más bien, a mostrar cómo es hoy posible a todo hombre ser fiel a la propia vocación bautismal y a cualquier otra llamada que sea camino de profundización y, consiguientemente, de mayor compromiso. La redención de Cristo, aunque completa, está constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano (SD 24). En el misterio de la Iglesia, cuerpo crucificado y resucitado de Cristo, en el que todo hombre recibe la obra de la redención, el beato Juan Pablo II ha consumado su don personal llevando la cruz con Cristo, como un voluntario Cireneo de nuestro tiempo. En una época en la que la belleza y la apariencia parecen impregnar toda la realidad de deseo y de conquistas efímeras para dejar el paso, enseguida, a la depresión y a la falta de sentido, él ha alcanzado, con valentía y perseverancia, el Calvario y ha permanecido hasta el final abrazado a su Señor, con el sostén de la Madre y la Esposa, la Iglesia: apenas nombrado obispo, él se preguntaba cómo servirla y amarla con toda fidelidad. Conociendo bien el valor de la transformación interior obrada por el “bien” del sufrimiento sabía, además, que frente al misterio del dolor, si la Iglesia se inclina con veneración, con una fe total en la redención (SD 24), el corazón de todo ser humano descubre la raíz de la vida y, engendrado en el dolor, llega a ser, él mismo, capaz de generar nueva vida, una vida que vivifica y contagia al mundo, que los jóvenes pueden alcanzar para encontrar de nuevo esperanza en el futuro y gozo en el darse, y los niños intuir como la esencia de su alegría, y los ancianos y cualquier otra persona percibirla y reencontrarla en toda acción y en toda ofrenda cotidiana de límite y de sufrimiento.

Todos podemos ser llamados a prodigarnos para aliviar el sufrimiento y compadecer cualquier mal como el buen samaritano, pero a algunos puede ser pedida una participación en el camino de la cruz según el designio de la divina Misericordia que reserva, para esa alma, dones extraordinarios de particular santificación. Pudiera acaecer algunos el ser Cireneos hoy de Cristo, de nuestro tiempo y de la Iglesia, y recorrer, como Juan Pablo II, un camino especial que lleva seguramente a la felicidad y a la plenitud del amor y de la gloria del Maestro, hijos predilectos de Dios y totalmente entregados al corazón de la Madre.

Textos de apoyo "…Cristo se acercó sobre todo al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión incluso por parte de los más cercanos; pero sobre todo fue rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarlo de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaban… 35) Cristo va hacia su pasión y muerte con toda la conciencia de la misión que ha de realizar de este modo. Precisamente por medio de este sufrimiento suyo hace posible «que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna». Precisamente por medio de su cruz debe tocar las raíces del mal, plantadas en la historia del hombre y en las almas humanas. Precisamente por medio de su cruz debe cumplir la obra de la salvación. Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor" (Juan Pablo II, Carta Apostólica Salvifici Doloris, 1984).

"… la Jornada Mundial del Enfermo, ocasión propicia para reflexionar en torno al sentido del dolor cristiano y sobre el deber cristiano de ocuparnos de él bajo cualquier situación que se presente. Dicha significativa celebración está relacionada este año con dos acontecimientos importantes para la vida de la Iglesia, como lo manifiesta claramente el tema escogido «La Eucaristía, Lourdes y el cuidado pastoral de los enfermos»: el 150° aniversario de las apariciones de la Inmaculada en Lourdes. De este modo, se brinda una oportunidad especial para considerar la estrecha relación que existe entre el Misterio eucarístico, el papel de María en el proyecto salvífico y la realidad del dolor y del sufrimiento humano" (Benedicto XVI, Mensaje para la XVI Jornada mundial del enfermo, 2008).

Síntesis conclusiva

El sufrimiento es un misterio que el hombre no comprende a fondo con su inteligencia. Sólo a la luz de Cristo se ilumina este misterio.

Desde que Cristo asumió el dolor en todas sus facetas, el sufrimiento tiene valor salvífico y redentor, si se ofrece con amor.

Dios no envía el sufrimiento lo permite en el misterioso designio de su providencia sobre nosotros.

Cuando las situaciones dolorosas se viven en familia con sentido cristiano, es decir, unidas a los sufrimientos de Cristo, se convierten en fuente de vida.

Cuando nos hacemos solidarios con el dolor de los demás, a Cristo se lo hacemos.

El perdón y la reconciliación engrandecen a las personas.

El sentido del dolor en Cristo

El dolor humano es una realidad innegable y además plena de sentido. Pero si el ideal de la vida presente se pone en una vida sin dolor, entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y, si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se plantean que pueda tener algún sentido.

El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución… [cfr. Mt 5, 3-11.] . Más aún, siendo Él mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo, a llevar su cruz [Mt 16, 24] , para seamos asimismo partícipes de su resurrección.

Condición: aceptar el sufrimiento

El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor como parte de la vida a la que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará sin el consuelo divino. No ha de verse en la aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho de la cruz, del dolor por Dios y los hombres, el ideal de su vida.

La pretendida abolición del dolor es asimismo inhumana

El dolor es lo ordinario, lo normal en una vida cristiana y como la antesala de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios no tener miedo al sufrimiento y no caer en la tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa. Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia vida. La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla [R. Spaemann. El sentido del sufrimiento] .

El dolor como motor de la vida

Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse por miedo. El miedo se convierte de esta forma en el motor de la vida: el hombre convertido en una bestia de arrastre que tira por miedo al palo. Hay personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con algo por temor al lote de dolor que a toda empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando la guerra es una amenaza cercana [L. Polo. El sentido cristiano del dolor] . Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si no –incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la amistad, en la generosidad…, en lo ordinario de cada día– la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no ven otro atractivo que la juerga.

El dolor gozoso

Estar alegres es en todo caso necesario, una cuestión de justicia. La alegría es virtud y como tal no falta en el buen cristiano. Su vida cristiana, basta con que sea normal –como la de tantos no famosos– para ser interesante. En esa vida corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es más bien dejar que El nos posea para siempre: Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti [San Agustín. Confesiones 1, 1].

Una riqueza para el cristiano

Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo, aunque sean a años vista, no con deseos de infinito que no pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es, por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua Pablo II, el sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna [Salvifici Doloris 26]. Por esto, podemos afirmar seguros que el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría. De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros [Col 1, 24.]». Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás (…).

Una habitual paradoja

La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espiritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (…).

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe contínuamente, y contínuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja [Salvifici Doloris 27] . Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual el rico de verdad es el que deja todo; sólo tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.

Ejemplo posibilidad y condición

Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo –como en los irracionales–, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además, se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniéndose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

Dios mismo lo hace posible en nosotros

Cualquier dolor puede ser para el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora –esa Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle–; aunque a veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser sino el amor. Así el dolor es Cruz y la ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la acción del Espíritu Santo; que, activo en el hombre, transforma al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María [Salvifici Doloris 27]

El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad del Padre, y en ella la salvación del mundo. No reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora, pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu. El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? [Mt 27, 46], confía a la vez y exclama seguro: en tus manos encomiendo mi espíritu [Lc 23, 46].

Lo que no se entiende

El dolor aceptado es obediencia, un no-entender paradójicamente lleno de sentido, porque se sabe que si Dios permite ese dolor es para un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso; y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por ejemplo, en los milagros. Pero la actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad “que sana al mundo” sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué [Lc 23, 46]. No es lo que Dios pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.

De lo que se trata

Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios, amarle cada vez más; viene a ser lo de menos si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor: el cansancio, la contradicción…, con tal de que –como Cristo– avancemos nuestros pasos hasta el Calvario en la medida de las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene peso específico; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el Beato Josemaría, hay que dar a cada instante vibración de eternidad.

Eucaristía y sufrimiento

Condición de felicidad

Y Cristo triunfa desde la Cruz. La respuesta definitiva al sentido del dolor humano es el Sacrificio del Calvario, momento del Amor por antonomasia y momento también por antonomasia de dolor con sentido, que se renueva cada día en nuestros altares. Como dice el Santo Padre, el Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo.

 No somos los cristianos seres negativos, que aguantan, que sufren, que no gozan de la vida ni son felices. Muy al contrario: somos felices también con el dolor y la contrariedad; más aún, el secreto de nuestra alegría está en la Cruz con dolor y contrariedad: no tenemos miedo a lo que cuesta. La fe nos lleva a afirmar que el sufrimiento con sentido; es decir, en Cristo, es condición para la verdadera alegría. Porque Él nos llama a su Cruz para que, con El, triunfemos en la Resurrección, logrando así la única alegría feliz, la única que vale la pena, que no se esfuma al profundizar en la verdad de la vida.

El dolor condición para la Vida

Cuando decimos que Cristo nos ha salvado debemos entender que nos ha librado de todo posible mal y por tanto de todo dolor. Y no sólo esto, nos ha introducido en su vida. Así lo manifestó el Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna. La entrega del Hijo por amor al mundo es la Eucaristía, renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario con el que se consuma nuestra Salvación. Y Salvación significa liberación de mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento.

Según las palabras de Cristo a Nicodemo el hombre puede perecer, pero no se refiere Jesús a la muerte temporal. El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo.

Se entiende

Los otros sufrimientos temporales –consecuencia asimismo del pecado– son menores y pasajeros y quedan aniquilados también en la vida eterna en Dios que nos gana el Hijo con su entrega: En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque El únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquél amor hacia el Padre que supera al mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien .

El Sacrificio Eucarístico es propiamente el único remedio definitivo del dolor humano. Aunque no cesen por la Misa nuestras molestias cotidianas; sin embargo, participando de un modo muy singular en el fruto de la Redención, vivimos nuestros dolores positivamente, de un modo optimista que es compatible con el gozo de la esperanza eterna y, sin dejar de ser doloroso, el sufrimiento es feliz y lleno de sentido.

No hay miedo si hay amor

De la gracia de Dios recibimos nuestra condición de hijos en el Hijo y con ella la seguridad de ser amados por el Padre, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Pierde así el cristiano el miedo a sufrir. Está seguro de que con Dios nada será insufrible. Pero no es sólo falta de miedo la alegría del cristiano hijo de Dios, ante todo se sabe depositario de todo el tesoro del Evangelio y lanzado por el propio Cristo a extender su Reino, pues tiene el mundo por heredad. Por el contrario, tienen asegurada la desolación los que pretenden vivir alegres al margen de la Eucaristía: son sarmientos separados de la Vid, cuya lozanía dura un momento; cadáveres –sin vida en sí mismos–, que no se alimentan del Cuerpo y la Sangre del Señor.

Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento. El amor de Dios al hombre incluye el sufrimiento de Cristo en su sacrificio voluntario, en una entrega amorosa. El sufrimiento del hombre es calmado con el Amor de Dios manifestado en el sufrimiento de Cristo. Una entrega que, siendo verdadero anonadamiento hasta la muerte, es al mismo tiempo identificación plena con la voluntad del Padre y, por tanto, igual a Él en Gloria y Majestad. De aquí que no podía suponer una pérdida para el Hijo la obediencia, antes, al contrario, su muerte es ocasión de definitiva inmortalidad.

Jesucristo en cuanto hombre es exaltado mediante la Resurrección, que supera el dolor y la muerte, y se constituye primogénito y modelo del cristiano, tanto en su vida y en su muerte –en su dolor–, como en su Resurrección. Particularmente es nuestro estímulo y modelo en la Eucaristía. En el sagrario su amor no conoce límites: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz. Para que logremos el consuelo y la fortaleza que necesitamos.

A continuación te invitamos a conocer estos consejos que nos da el Papa Francisco para afrontar el sufrimiento